Son alrededor de 10 años desde que empecé a interesarme seriamente en los temas de inteligencia artificial y ciencia de datos. Siendo el típico economista/matemático que se desenvolvía como analista en sus primeros años de trabajo, leyendo papers de modelos econométricos que difícilmente comprendía en su totalidad, revisando las estadísticas del BCE o las desordenadas tablas dinámicas con la información proporcionada por el SRI o la SENAE, resultaba inevitable empezar a cruzarme con estos conceptos tan llamativos de la Revolución Industrial 4.0.
Y sinceramente, mi curiosidad creció aún más cuando de a poco me iba percatando que lo que veía y hacía estaba lleno de inconvenientes prácticos. Por una parte, una contradictoria visión del análisis estadístico tradicional dentro del mundo laboral, que terminaba siendo muy «académica» al sobrecargarse de un mal llamado método científico, que exige establecer hipótesis y criterios expertos sin siquiera tener la oportunidad de profundizar en los datos; o que se satisface cuando en promedio se alcanzan los resultados deseados, desconociendo el valor fundamental de la eficacia.
Por otra parte, la agotadora y frecuente redundancia. El tener que repetir un análisis incontables veces puesto que de un día a otro, los valores cambiaban por «x» razón; o tener que modificar una y otra vez archivos completos, ya sea porque los jefes no estaban satisfechos o porque dada la existencia de la famosa ley de Murphy, uno se percataba de un pequeño error horas antes de entregar un reporte.

Pero fue justamente el descubrimiento de estas herramientas, lo que me permitió ver un nuevo camino a la aplicación estadística, en el que se resolvían estos problemas al menos de forma teórica. En efecto, la inteligencia artificial y la ciencia de datos daban más peso a métodos como detective analysis, business intelligence y A/B testing, que al planteamiento a priori de hipótesis. Así también, se ponderaba la eficacia a través de criterios de certeza y confianza trabajando en conjunto y ya no de forma aislada. Y claro, lo mejor desde mi perspectiva: daba la posibilidad de automatizar y trasladar «éticamente» los dolores de cabeza de redundancia a quien no puede quejarse de ellos: las computadoras.
Fue allí donde la pregunta que encabeza este artículo empezó a rondar mi cabeza: ¿qué es finalmente la inteligencia artificial? Parece una pregunta trivial, pero a mi criterio, encaja con otras interrogantes de gran escala en el mundo matemático como por ejemplo ¿qué es sumar? ¿Por qué 1 + 1 = 2? Me atrevo a decir que el 99.9% de los humanos no somos capaces de responder ninguna de ellas, sin caer en falacias o en lagunas mentales.
Responder qué es inteligencia artificial me parece tan trascendental primero, porque deriva en muy interesantes consecuencias que pretendo explicar a continuación; y segundo, porque creo que para cualquier persona que intente profundizar en un área del conocimiento cualquiera, tener claro los conceptos básicos, es una actividad simple y llanamente, fundamental.

Visto esto, inteligencia artificial la defino como el área de las ciencias computacionales que busca emular la inteligencia humana. A partir de allí sin embargo, surgen a mi parecer tres importantes temas a discutir:
- ¿Qué es la inteligencia humana?
- ¿Puede emularse la totalidad de la inteligencia humana de manera artificial?
- ¿Con qué propósito?
Vamos entonces intentando contestar cada una de estas preguntas.
¿Qué es la inteligencia humana?
Ante todo, vale aclarar que no pretendo brindar una explicación biológica, filosófica ni antropológica de lo que es el intelecto; de hecho si lo hago, seguramente me equivocaría. Por el contrario, lo que describiré a continuación es una interpretación subjetiva, aunque creo que bastante válida, de lo que personalmente entiendo por inteligencia en los seres humanos. Estoy seguro que en el peor de los casos, mi definición más que errada, será incompleta, aunque para efectos de este artículo espero sea suficiente.
A mi entender, la inteligencia humana es la función cerebral que nos permite resolver problemas a través de una o más de las siguientes capacidades: predicción, sentido común, instinto, emociones y creatividad.
Además de esto, el intelecto del ser humano posee dos características únicas. A la primera la llamaremos autoconocimiento, que permite darnos cuenta que somos inteligentes, sin la necesidad de que alguien o algo nos lo comunique previamente. Así también, la segunda cualidad es la autosuficiencia, que nos permite volvernos más inteligentes en el tiempo a través del aprendizaje, y justamente mediante el uso de nuestras capacidades intelectuales.
Entrando en mayor detalle sobre las capacidades mencionadas, aquella más utilizada por el ser humano es sin duda la predicción, a la que definimos como la capacidad de tomar datos pasados (i.e. experiencia, recuerdos), procesarlos y generar nueva información. Por ejemplo, cuando manejamos y vemos un semáforo cambiar a rojo, nuestro cerebro inmediatamente busca en la memoria recuerdos que le permitan interpretar esa señal; luego de encontrarlos, inicia una fase de procesamiento que transforma el color rojo percibido en un concepto asociado a «parar/frenar/detener». A continuación, ese nuevo constructo mental hace que el cerebro envíe una señal a nuestros músculos que ejecutan justamente la acción de detener el vehículo.

Podríamos pensar en muchos más ejemplos sobre la predicción de nuestro cerebro, justamente porque como se dijo en el párrafo anterior, es la herramienta intelectual más utilizada. Lo curioso de esto, es que a pesar de que continuamente estamos ingresando datos, procesándolos, y generando nueva información; nuestra capacidad de predicción está lejos de ser perfecta, y es responsable de una buena parte de nuestras equivocaciones cotidianas. De hecho, podríamos afirmar que en general como especie, somos bastante mediocres prediciendo cosas.
El sentido común por su parte, es la capacidad cerebral que a diferencia de la predicción, no toma datos previamente almacenados en la memoria para resolver problemas, sino que se nutre únicamente del razonamiento lógico, el marco ético que nos rige, y las señales receptadas en el entorno en ese preciso instante. Nuestro sentido común por tanto, se activa ante nuestra falta de experiencia pasada, o ante la incertidumbre consciente de alcanzar resultados satisfactorios al predecir.
Si bien el ser humano históricamente se ha preciado de ser racional y ético, nuestro sentido común tiende a equivocarse continuamente, lo cual ha permitido el surgimiento de eventos llamativos como «esperar un ‘ratito’ más al bus que no ha pasado durante una hora, porque si ya voy tanto tiempo esperando, ya mismo debe llegar»; o un clásico del casino, «he perdido toda la noche, así que es seguro que en la siguiente mano de póquer recupero todo, porque ya me toca ganar».
La tercera capacidad es el instinto, que surge de un impulso puramente natural cuando se requiere resolver un problema, y está estrechamente relacionada con el factor emocional y la necesidad de supervivencia. No utiliza recuerdos más que a un nivel circunstancial, no existe racionalidad ni moralidad previa a la toma de decisiones, solamente una reacción.
Esta capacidad se encuentra más activa en infantes, quienes aún no han tenido el tiempo suficiente para almacenar datos en su memoria, y cuya racionalidad y ética se encuentran todavía en formación. Todos los que somos padres seguramente hemos visto como el miedo activa el instinto de nuestros hijos. La caída de un relámpago y el posterior trueno, inmediatamente llevan a los pequeños a aferrarse de sus padres en busca de protección.
Sólo como un dato curioso sobre esto, los que somos adultos podemos haber «racionalizado» el miedo, pero esta emoción es una de las más poderosas a lo largo de nuestra vida y puede activarse fácilmente. Intentemos por ejemplo responder porqué existen tantos productos de seguridad para bebés, muchos de ellos claramente inútiles o absurdos.
La cuarta herramienta intelectual son las emociones, aquellas que nos vinculan socialmente ya sea para interpretar aquello que observamos en otras personas, o para comunicar lo que sentimos a lo demás. A pesar de que el ser humano a lo largo de la historia siempre se ha caracterizado por su componente social, la ahora llamada inteligencia emocional fue reconocida y estudiada formalmente recién en el siglo XX, por lo que existe aún mucho camino por recorrer para comprender a plenitud los alcances de la misma.
Finalmente, la capacidad creativa, aquella que nos permite traducir ideas en algo concreto y muchas veces novedoso. Las principales representaciones de este tipo de inteligencia están en toda expresión artística, o en la capacidad de encontrar nuevas soluciones a problemas por medio de una interpretación distinta del entorno y la experiencia. Como especie, me arriesgo a afirmar que es en este tipo de inteligencia donde hemos tenido el mayor éxito, puesto que la misma ha sido la conductora de nuestro desarrollo cultural y tecnológico a lo largo de la historia.

¿Puede emularse la totalidad de la inteligencia humana de manera artificial?
Para recordar lo antes visto, a mi entender la inteligencia humana comprende un conjunto de cinco capacidades para resolver problemas (predicción, sentido común, instinto, emociones y creatividad), y dos características fundamentales: el autoconocimiento (estar consciente que se sabe) y la autosuficiencia (aprendizaje).
Si nos centramos por ahora en las capacidades intelectuales, teóricamente es factible replicarlas por completo. Para entender esto, parto del hecho que cada una de ellas puede representarse como un proceso que inicia con información de entrada, seguido de una construcción lógica que deriva en una respuesta concreta.
Tomemos por ejemplo la capacidad creativa, e intentemos simplificar lo más posible el proceso asociado con el debido permiso de cualquier artista. Las información de entrada podría ser el entorno percibido a través de los sentidos, las ideas surgidas del pensamiento del artista y su educación formal en técnicas de pintura. La construcción lógica se entendería como la expresión de esa información en un lienzo; y evidentemente, la obra de arte final sería la respuesta.
En teoría entonces, el desafío estaría en transformar esa información de entrada en algún lenguaje que pueda ser interpretado por una computadora; posteriormente, en inventar un proceso computacional (algoritmo) para tratar esos datos adecuadamente; y finalmente, en generar una respuesta comprensible para los humanos. ¿Difícil? Seguramente. ¿Imposible? No.
Sin embargo, en un entorno práctico la emulación de la inteligencia ha tenido un alcance limitado. Por una parte, los desarrollos tecnológicos actuales han permitido avanzar muchísimo en el ámbito de la predicción artificial. La revolución digital ayuda a generar y almacenar una cantidad enorme de información de entrada, y la invención de métodos e infraestructura para procesarla y generar respuestas está en constante crecimiento.

Hoy en día, las computadoras superan ya la capacidad predictiva humana en ámbitos como el reconocimiento de imágenes y de voz, el perfilamiento de personas, los juegos de estrategia, e incluso el diagnóstico médico de ciertas enfermedades. No es aventurado decir que en los próximos años el ser humano podría prescindir en gran medida de esta capacidad.
A pesar de esto, hasta aquí parece llegar la aplicación exitosa de la emulación de nuestra inteligencia. Dotar de sentido común a una computadora es aún un camino por recorrer, aunque ya se ha iniciado de forma prometedora. Dar racionalidad a las máquinas se viene trabajando desde hace varios años con métodos como la lógica difusa y el razonamiento aproximado. Así también, existen investigaciones que buscan sistematizar la moralidad, como es el caso de la Moral Machine del MIT.

¿Y qué podemos decir del instinto asociado a nuestra inteligencia? Como ya comenté, el instinto se vincula estrechamente a una característica propia de todo ser vivo, y es justamente sobrevivir. Resulta evidente en este punto que, para una máquina, el instinto puede ser completamente innecesario e incluso irracional. En consecuencia, y desde mi perspectiva, el avance tecnológico en este aspecto es simple y llanamente, innecesario.
En lo que respecta a inteligencia emocional artificial, el poder predictivo alcanzado en reconocimiento de imágenes y de voz, ha facilitado el desarrollo de máquinas capaces de interpretar adecuadamente el sentir de otros, claro que en un entorno controlado de interacción hombre – máquina. Sin embargo, la generación de sentimientos y emociones propios muestra avances prácticamente nulos; en parte porque aún no se tiene el suficiente conocimiento de lo que impulsa estos aspectos en el ser humano, pero también porque las discusiones sobre la moralidad de este avance se tornan relevantes.
Finalmente, en cuanto al ámbito creativo, en la actualidad la inteligencia artificial ha llegado a una etapa netamente de asistencia a los artistas humanos. Y es que, como indica John Smith de IBM : «It’s easy for AI to come up with something novel just randomly. But it’s very hard to come up with something that is novel and unexpected and useful«.
Pero volviendo a las características fundamentales de autoconocimiento y la autosuficiencia, ¿cuál es su nivel de emulación en la práctica? Con el autoconocimiento sucede algo parecido al instinto: al ser intrínseco de aquello que está vivo, nuevamente para una máquina puede resultar poco útil y por consiguiente, desechable.
¿Y en lo que referente a la autosuficiencia? La facilidad de automatización y la capacidad de procesamiento computacional de nuestra época, ha hecho del aprendizaje artificial (o machine learning) prácticamente una realidad. Podemos afirmar que de forma similar a la predicción artificial, el aprendizaje automático se constituye ya en un verdadero éxito de la aplicación, aunque claro, aún puede (y debe) mejorar.

¿Con qué propósito queremos emular nuestra inteligencia?
La respuesta a esta pregunta se puede resumir en un concepto económico primordial: ventaja comparativa. Como he indicado antes, nuestra inteligencia puede ser buena, pero está lejos de ser perfecta; además el volumen de información existente y las necesidades de procesamiento de hoy en día, hace que el trabajo resulte sumamente costoso para cualquier persona.
En lo que respecta al aspecto predictivo de la inteligencia, la evidencia por si sola muestra que una computadora puede superarnos fácilmente y a un costo significativamente menor. Añadir a esto, que los aspectos éticos de sobrecargar de trabajo a una máquina pierden por completo su lógica.
El sentido común podría llegar a tener la misma conclusión, aunque es mi parecer que con mayor probabilidad, se llegará a un trabajo colaborativo hombre – máquina, tal y como sucede actualmente en el ámbito creativo.

Sobre la inteligencia emocional existe una discusión diferente. Entre otros factores, el entorno digital actual y las tendencias de interrelación se han visto asociados en muchos casos, con un distanciamiento físico que genera un nuevo mercado. Las personas no pueden deshacerse de su «ser social», por lo que requieren de algún tipo de interacción, así sea «ficticio».
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La inteligencia artificial, como cualquier tecnología novedosa, existe con el único y gran propósito de facilitar nuestra vida. Para ejecutar aquellas cosas que como seres humanos no somos capaces de hacer, o simplemente no somos buenos haciendo. Por supuesto que todavía estamos descubriendo las potencialidades de su uso, pero es claro que el camino ya ha iniciado y como humanidad, debemos aprovecharla y conducirla coherentemente.
Para finalizar este artículo, me permito sugerir un corto vídeo que explica lo que es inteligencia artificial, y puede complementar todo lo comentado aquí.
Un comentario en “¿Qué es la inteligencia artificial?”